Desmontamos 3 mitos de la alimentación

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DESMONTAMOS 3 MITOS DE LA ALIMENTACIÓN

Artículo elaborado para Sopa Tóxica

 

La sal hace subir la tensión arterial

Es cierto que el consumo de sal es uno de los culpables de la tensión alta que afecta a una gran parte de la población, aunque hay que puntualizar que la culpable es la sal refinada, no la sal sin refinar. La sal sin refinar no solo no hace subir la tensión, sino que además es una gran aliada de nuestro cuerpo para mantener una tensión arterial correcta.

Gracias a la sal sin refinar se puede producir de una manera correcta el intercambio de agua a través de la membrana de nuestras células, es decir, la ósmosis celular. Esto permite al cuerpo mantener nuestro equilibrio de agua y por lo tanto también una correcta tensión arterial y una buena capacidad de desintoxicación. Es decir, permite que si nos sobra agua la  expulsemos, y si nos falta, la retengamos. Esto no sucede si la sal que consumimos es sal refinada, ya que además de que su estructura se ha modificado por el proceso de refinamiento, también se pierden todos los minerales que nos interesan de la sal. Debido a que la sal refinada es una sustancia muy agresiva para nuestro cuerpo éste se quiere deshacer de ella rápidamente, por lo que para eliminarla saca el agua de nuestras células. Este proceso sumado a que la sal refinada es un producto muy inflamatorio hace que nuestra tensión arterial aumente y nos provoque los problemas derivados de ella. Esto es especialmente acusado en nuestra sociedad actual, ya que la situación de estrés en que vivimos empeora el efecto de la sal refinada. Para acabarlo de rematar, se pueden añadir aditivos a la sal una vez refinada como sales de aluminio (antiaglutinante) o minerales que desquilibran todavía más su estructura original, como ocurre con la sal yodada.

La medicina convencional intenta prevenir el problema de la hipertensión haciendo reducir la sal y otros alimentos altos en sodio, mientras que para reducir la tensión una vez ya es muy alta se  recetan diuréticos para hacer que el cuerpo elimine el agua acumulada, reduciéndose así la tensión arterial. Reducir el sodio en la alimentación no tiene un gran impacto en la tensión arterial, ya que normalmente no se soluciona el problema de la inflamación general y cronificada del cuerpo, que suele ser la principal causa de la hipertensión. Tomar diuréticos sí que reduce la tensión arterial, ya que nos hace eliminar el agua de nuestro cuerpo, aunque usados de manera prolongada hace que nos vaciemos de sales minerales, que se pierden disueltas en el agua que expulsamos, empeorando de esta manera nuestros problemas para regular la tensión y provocando nuevos problemas derivados de la falta de sales minerales, como problemas cognitivos, cardíacos, fatiga, etc. Reducir la sal y tomar diuréticos de forma prolongada nos puede provocar un gran desequilibrio en nuestro cuerpo y hacer que perdamos minerales que son muy difíciles de reponer.

También hay que tener en cuenta que es posible que el nivel de sodio alto que provoca la hipertensión no sea un problema que tenga que ver propiamente con el sodio, sino que el alto nivel de sodio esté provocado por un exceso de metales en nuestro cuerpo como cobre o mercurio, o por ejemplo una acumulación de cadmio en nuestros riñones. Estos casos no son puntuales en el mundo industrializado en el que vivimos, el problema es que la mayoría desconocemos que el nivel de metales en nuestro cuerpo es muy alto y por lo tanto ni lo tenemos en cuenta ni tomamos las medidas oportunas, empeorando así la situación con diagnósticos y tratamientos erróneos.

La sal sin refinar nos permitirá regular el agua que perdamos, de manera que también regularemos mejor la temperatura de nuestro cuerpo y además nos ayudará a reponer los minerales que hemos perdido con el sudor. Otra muy buena manera de reponer los minerales que perdemos y mantener una tensión arterial correcta es que el 50% de nuestra alimentación sean verduras.

 

La grasa engorda

Uno de los mitos más extendidos en nuestra sociedad hoy en día gracias a la obsesión por estar guapos y jóvenes eternamente es que la grasa engorda. Realmente es al contrario. El hecho de llevar una dieta baja en grasas normalmente implica que éstas se sustituyen por más cereales –normalmente refinados- y más fruta. Esto supone un incremento en la cantidad de azúcares que comemos y que nuestro cuerpo se ve forzado a acumular en forma de grasa. Por si fuera poco, esta cantidad de azúcar también puede provocar diabetes, inflamación y exceso de colesterol y los problemas derivados de ella, como hipertensión. De hecho, una buena parte de lo que se piensa que es grasa en las personas con sobrepeso es realmente inflamación. Otro efecto de las dietas altas en azúcar es que facilitan la aparición y el crecimiento de tumores, ya que los cánceres se alimentan de azúcar, lo que les permite crecer muy rápidamente. Hay que tener en cuenta que cuando hablamos de azúcar no solo nos referimos al azúcar como endulzante y a los pasteles y dulces, sino también a los cereales (pan, pasta, etc.) y la fruta (zumos de fruta incluídos).

Que nuestro cuerpo tenga una buena fuente de grasas de calidad es muy importante, ya que un buen funcionamiento glandular y hormonal, así como una piel  perfecta, un cerebro que funcione bien y un cuerpo que se recupere y se reconstruya de manera correcta se consigue tomando una dosis adecuada de grasas de calidad. Esta dosis  debería suponer como mínimo el 10% y como máximo el 30% de nuestra alimentación. Nuestro cuerpo necesita los ácidos grasos omega 3, 6 y 9 que se encuentran en las grasas de origen animal y en los aceites vegetales y que son necesarios para llevar a cabo todo lo mencionado anteriormente, pero también para combatir las infecciones, regular la inflamación y permitir la comunicación entre las células.

Algunas fuentes de estos ácidos grasos son:

  • Omega 3: aceite de pescado, aceite de krill, carne y lácteos si el animal se ha alimentado de pasto. Otra fuentes son el aceite de lino, semillas de lino o el aceite de perilla.
  • Omega 6: carne y lácteos de animal, especialmente si no se ha alimentado con pasto, yemas de huevo, pescado y aceite de girasol o canola.
  • Omega 9: Aceite de oliva.

Los aceites vegetales pueden utilizarse también sobre la piel, que es otra forma de “comerlos”. Además son más efectivos que las cremas sintéticas que normalmente se nos ofrecen e infinitamente más seguros y saludables. Por supuesto deberemos evitar las grasas hidrogenadas, también llamadas grasas trans, que provocan más perjuicios que beneficios en nuestra salud, como por ejemplo problemas cardiacos. Estas sí que son malas.

 

Los edulcorantes artificiales son más sanos que el azúcar

Durante muchos años se ha recomendado a las personas con sobrepeso, diabetes o en riesgo de tenerla que utilicen edulcorantes para sustituir el azúcar. Hoy en día ya se están revisando estos consejos e incluso en medios de comunicación no sospechosos de ser “alternativos” se pueden ver titulares informando de que los edulcorantes artificiales no solo no ayudan a reducir el riesgo de sobrepeso y diabetes, sino que lo aumentan de la misma manera que el azúcar, en parte porque desequilibran la flora intestinal de una manera que facilita la aparición de diabetes de tipo 2 y en parte porque la respuesta de nuestro cuerpo al azúcar se comienza a producir con la sensación del sabor dulce. Esto quiere decir que solo es necesario ponerse algo dulce en la boca para que nuestro cerebro comience a ordenar los procesos correspondientes para almacenarla en forma de grasa, provocando igualmente un pico de insulina aunque lo que estemos comiendo tenga 0 azúcar o calorías. Esta confusión metabólica incita además a comer más carbohidratos y azúcar. Por este motivo no es recomendable ningún edulcorante natural o artificial para las personas diabéticas o con riesgo de serlo.

Otro gran sector de mercado para los edulcorantes artificiales son las personas que cuentan calorías, a las que se ha condicionado para que vean como saludables estos edulcorantes a golpe de anuncio y artículos sobre la “operación bikini”, entre otros medios. La sacarina, el aspártamo y la sucralosa (Splenda) son los edulcorantes artificiales más usados y lejos de ofrecer una alternativa sana al azúcar, aparte de los problemas mencionados anteriormente, pueden provocar otros problemas de salud que no compensan poder comer chucherías sin azúcar o beber refrescos light. Están relacionados con varios tipos de cáncer, pero también pueden provocar migrañas, asma, Parkinson, Alzheimer, favorecer la muerte neuronal, reducir el contenido de serotonina en nuestro cerebro, como hace el aspártamo o reducir los glóbulos rojos y provocar infertilidad como hace la sucralosa. Estos son solo los principales problemas de una lista mucho más larga. Algo que sorprende mucho es que la molécula de sucralosa está hecha en parte de sacarosa (azúcar) pero el resultado final del proceso es un organoclorado, como el DDT.

Si queremos utilizar edulcorantes, lo mejor es la estevia. Es antiinflamatoria, anticancerígena y ayuda a reducir el colesterol, además de regular el sistema digestivo. Aún así no está recomendada para personas con diabetes o con riesgo de tenerla como hemos comentado anteriormente. Pero para el resto de personas es una muy buena alternativa al azúcar.

 

Como vemos se debe poner en cuarentena la mayoría de la información que se nos ofrece, porque ya sea debido a desinformación o a claras estrategias de mercado podemos acabar descubriendo que con la intención de cuidar nuestra salud al final nos estamos perjudicando, en parte debido a que dejamos la responsabilidad de nuestra salud en manos de otros y no nos informamos ni decidimos por nosotros mismos.

Artículo elaborado para Sopa Tóxica

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